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domingo, 25 de diciembre de 2011

Son recuerdos que no se evaporan

No sé si es porque el frío de ahí fuera ha empezado a calarme mucho aquí dentro, o porque el eco de unas calles sin besos ha llegado a mis oídos. No estoy segura de que sea el sonido de las gotas corriendo por la ventana de mi habitación lo que me hace parar y pensar en todas aquellas palabras que, aún con el tiempo que ha pasado, recuerdo perfectamente.
Pero es que llegó la Navidad. Sí, un año más. Y tal vez sea precisamente por eso, porque ésta es una época en la que a todos nos da por echar de menos. Un diciembre más en el que continúo dejando pasar el frío a través de la ventana, y sigo soportando todas las sensaciones que me provoca, sintiéndome demasiado pequeña aquí dentro, frente a una ciudad por la que ya no paseamos de la mano. 
Es que no sé si es por mi, o porque, irremediablemente, hay situaciones que acaban por superarte, y ésta ha podido conmigo.
Dime una cosa, ¿qué fue de todo aquello?. Dónde quedaron los besos, los abrazos, las carcajadas... Dónde quedó, incluso, aquel par de palabras. Esas estúpidas ocho letras que aún no sé por qué, pero ambos llegamos a pronunciar. 
Y es que, no sé si será, simplemente, que fuimos tú y yo, y que nuestras historias no estaban preparadas para cuajar del todo. Que por mucho que yo evitara que nuestras vidas no llegaran a ser nunca paralelas, al final, acabaron por serlo. ¿Y qué hago yo con todo esto que tengo y que, a la vez, no tengo? Todas las sensaciones que vivimos siguen aquí, a flor de piel. Todas las palabras que pronunciaste junto a mi oído no dejan de repetirse un solo instante. 
Y es que, dime, ¿qué hago con los recuerdos que hacen daño? 

sábado, 10 de diciembre de 2011

Miradas que aparecen, sentimientos que afloran

Evitaba que sus dedos se deslizaran sobre el teclado de su ordenador y que sus manos torpes se toparan con una hoja en blanco y un bolígrafo. Rehuía cualquier posibilidad de derramar sus sentimientos sobre hojas de papel, porque sabía lo que ello conllevaba. Y es que, sólo con tener la intención de hacerlo, su dedo corazón ya se disponía a rozar aquella letra por la que empezaba su nombre, mientras el índice ya trataba de continuarlo. Porque sus manos jugaban con sentimientos que el propio corazón se ocupaba de evitar.
Y ni siquiera tenía claro el por qué de toda esta historia. Por qué alguien así se había convertido en el responsable de todas y cada una de sus sensaciones. No sabía que, hasta las estrellas más fugaces, dejan su rastro y, aunque él pasó por su vida de una manera fugaz, la huella que dejó tras su partida permanecería.
Y no bastaban las mentiras, con él no. No era suficiente confiar en que la huella que dejó en su vida se había desvanecido. Porque una mirada vale más que mil palabras y, en su caso, una mirada bastó para que el castillo de naipes se cayera y las verdades salieran a la luz. Sólo con cruzar su mirada con ese par de ojos verdosos supo que, realmente, había aprendido a engañarse a sí misma bastante bien. Los sentimientos parecieron salir a través de sus poros, y las lágrimas que tanto tiempo llevaban sin aparecer, se formaron de nuevo, deslizándose por sus mejillas como si el tiempo no hubiese pasado por su corazón.


Era él. Aún sin haberlo elegido, era él.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Inevitable, casi como respirar

Resulta extrano ver cómo, de un momento a otro, sin previo aviso, los recuerdos deciden acumularse y golpearte en plena cara con toda su fuerza. Recuerdos de hace tanto que has sido incapaz de contar los días, pero recuerdos de algo que, al fin y al cabo y, por mucho que trates de evitarlo, fue real. Tan real como que ahora te encuentras ahí, frente a ellos, leyendo esas estúpidas cartas que creiste haber despedazado por completo. Repasando cada punto y cada coma y reviviéndolas poco a poco porque, sí, te sabías de memoria cada espacio y cada bonita curva de esa caligrafía tan redondeada.
Y es que hay recuerdos que, sin remedio, teletransportan. Que hacen que se te ponga la piel de gallina como se te puso en el momento que los viviste por primera vez, que la respiración se entrecorte y que, aunque ese estúpido nudo en el estómago no desaparezca, son recuerdos que siempre acabarán por sacarte una sonrisa.
Y lo supo. En el momento en que leyó aquel punto y final de la última de las cartas supo que no quería que éstas acabaran como el resto. No quería acabar con ellas, terminar con la historia. Era inevitable porque, por mucho que se empeñara en convertir aquellas páginas del libro en meras hojas en blanco, se conocía a ella misma y tenía claro que, en su interior, cada coma, cada palabra, cada abrazo o cada respiración entrecortada junto con una sonrisa tímida estaban ahí, perfectamente. Como si se tratase del primer día.
Nunca entendería cómo alguien así había llegado a convertirse en el motivo de todos y cada uno de sus suspiros, a pesar de que llevara ya bastante tiempo sin suspirar.

martes, 22 de noviembre de 2011

Fueron dos palabras. Dos palabras y ocho letras.

¿Sabes? fueron unos meses estupendos. Hubo días horribles, en los que todo acababa por superarme pero en los que, sin darme cuenta, tú empezaste a estar, sustituyendo mis caras largas por sonrisas casi siempre. Llegaste así, de repente, sin avisar, como una de esas historias que nunca creí en las que, en los peores momentos, aparece algo que hace que cambien. Por aquí apareciste tú, que diste un giro de 180º a mi mundo, modelándolo a tu antojo sin apenas darte cuenta de lo que sucedía.
Tú con esa habilidad innata para que te quisieran, y yo con mi manía de quererte cada día un poco más. Nunca he vuelto a sentir esa confianza en alguien. Desde que te fuiste, el miedo a dar demasiado por una persona no me ha abandonado, y no te culpo. Después de tanto, todo esto era de esperar. 
Pero ya hace mucho tiempo de aquello, esos días en los que tu sonrisa no se borraba un segundo de mis pensamientos han quedado ya muy atrás. Ahora, supongo que han aparecido nuevas personas importantes, pero, sin duda, tú has sido el único capaz de hacer que mi mundo se detuviera, apenas unos segundos, simplemente para escucharte reír. 
 - ¿Y por qué me cuentas todo esto ahora?
 - No lo sé. Supongo que, de vez en cuando, el recuerdo de esos maravillosos días aparece por aquí y, aunque sé que no se repetirán, ni mucho menos, a veces pienso que necesito acabar de contar nuestra historia para poder empezar una nueva. Tú eras el único que no la conocía del todo, y eso que eres el protagonista. 


miércoles, 19 de octubre de 2011

Y, en pleno Otoño, pareció Primavera

Aquel era un día cualquiera, de esos en los que, al despertar, la luna le dio los buenos días al otro lado de la ventana. Un día en el que se puso en pie con la pereza de cada mañana, cogió sus cosas y salió de casa con la misma cara de dormida de siempre. Se trataba de uno de esos días tan comunes en los que, de repente, se rompe toda la monotonía. Porque se dio cuenta de que algo había cambiado, y para eso bastó muy poco.
Supongo que existen esa clase de días, en los que abres bien los ojos y observas cómo pudiste superar obstáculos. Días en los que te das cuenta de que los recuerdos, a veces, tienen fecha de caducidad y, aunque nunca pensó que pasaría, se alegró de que, al menos, esa clase de recuerdos, la tuvieran.
Y esa mañana, simplemente, pasó. Los cambios generan a su vez más cambios, y ese aire con aroma diferente la bombardeó sin preguntar siquiera. Mientras andaba por esa calle, mientras pisaba esas aceras que pisaba cada mañana, comenzó a comprender que, después de la tormenta, sale el sol; y, aunque no aparezca de repente y mucho menos rápido, esa mañana se dio cuenta de que algunos pequeños rayos ya empezaban a acariciar sus mejillas.


Son días en los que te das cuenta de que, con una sonrisa, sólo con una sonrisa así, es suficiente.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Y creo que hoy te echo de menos.

Supongo que la cercanía de un 2 seguido de un 3 en las páginas del calendario hacen que se me ponga la piel de gallina, y mucho más cuando es uno de los primeros días del Otoño. 
Y es que, a veces, pasa. Hay días en los que, sin saber por qué, sin tener un motivo aparente, necesito tenerte cerca. No es necesario dar marcha atrás en el tiempo. Simplemente, necesito que estés por aquí, tal y como estabas en aquellos meses. Contarte mil y una cosas, hablarte de todo lo que ha pasado, de todo lo que te has perdido. Decirte que soy feliz, que cumplí aquel sueño por el que tú me dijiste que luchara y que las ganas de gritarlo a los cuatro vientos sólo para que me escuches no desaparecen un instante. 
Que se acabó todo, que no te quiero, pero eres importante. Tanto como fuiste y tanto como serás siempre, a pesar de que la distancia haya hecho mella en nosotros dos. 
Que espero que no exista un solo instante en el que no aparezca una sonrisa en tu cara, y que aún mantengo la esperanza de que la pantalla de mi móvil comience a parpadear, mostrándome esa serie de números que aún recuerdo perfectamente. 
Porque hay días, días como hoy en los que el número 23 no deja de darme vueltas. En los que desearía que ese día nunca hubiera existido, y en los que no dejo de pensar que ojalá me echaras tanto de menos como yo a ti. 


Encuéntrame de nuevo, estoy donde siempre.
Nunca me he movido.

jueves, 25 de agosto de 2011

Recuérdame

La llamaba su cajita de recuerdos. Siempre escondida bajo su cama, esta pequeña caja de madera contenía muchos más recuerdos de los que hasta, a veces, ella misma lograba recordar.
Era martes. Uno de esos martes fríos en los que las gotas de lluvia no dejaban de hacer su particular melodía al deslizarse por el cristal de la ventana de su habitación. Las espesas nubes grises cubrían el cielo de la ciudad, y ella las observaba detenidamente.
Sin saber siquiera por qué, tras mucho tiempo sin hacerlo, le apeteció deslizarse por el suelo de su habitación, estirar el brazo y alcanzar esa pequeña cajita de madera que se encontraba, entre motas de polvo, bajo su cama.
A veces, a muchos nos da miedo recordar. A ella muy a menudo también, pero ese martes... ese martes era un día diferente.
Apartó la fina capa de polvo que cubría la tapa de su pequeño gran tesoro y contempló el interior. Todo estaba tal y como ella misma lo había dejado. A pesar del tiempo que había pasado, aún recordaba aquello que colocó ahí la última vez. Ese sobre de azúcar que había acompañado a aquel café con chocolate en esa terraza tan bonita del centro junto a... El simple hecho de evocar su imagen hizo que un escalofrío la recorriera por completo. Habían pasado demasiados años desde que Él había tenido que marchar rumbo a otro país desconocido, pero aún el recuerdo de lo vivido durante aquel tiempo permanecía en ella de una manera imborrable. Los momentos se acumularon alrededor de toda la habitación y, a pesar de la inmensa nostalgia que producía cada uno de ellos, le gustaba. Le gustaba comprobar gracias a esa clase de detalles que todo aquello que vivió a su lado fue real. 
Dejó el sobre de azúcar y el resto de recuerdos dentro de la cajita, la cerró y deseó que, la próxima vez que la abriera, fuera para depositar nuevos objetos que la harían viajar a diferentes momentos. Se deslizó tal y como había hecho minutos atrás por el suelo y colocó la caja justo en el lugar que estaba, bajo la cama. Pero, esta vez, se percató de algo. Había un sobre justo detrás de su pequeño tesoro, un sobre color crema que también estaba cubierto por una película de polvo. Lo cogió, sopló delicadamente su superficie y se sentó en la cama. Lo abrió y, al instante, reconoció esa caligrafía. 

Querida V: 
Si estás leyendo esto supongo que ya estaré muy lejos. Estas palabras no significan una despedida, ya que espero reencontrarme contigo algún día, pero, como ya sabes, todo lo que no digo a través de mis labios se me da mejor decirlo bolígrafo en mano. Y ahora que se que ya no estoy a tu lado cada día como hasta hace poco quiero que sepas todas y cada una de esas pequeñas cosas que nunca te dije.
Cada segundo a tu lado es perfecto, tanto para mi como para todos los que te rodean habitualmente. Con esas locuras tan tuyas haces que cada instante contigo se convierta en un recuerdo digno de guardar en esa cajita que siempre tienes a mano. Eres especial, V, y quiero que aprendas a comprenderlo. 
Que me encanta pasarme horas observándote dormir; que tienes exactamente ciento veinte pecas en las mejillas, cada cual más bonita que la anterior; que adoro cómo te recoges el pelo dejando algunos pequeños rizos sueltos sobre la cara; que me encanta cómo tus mejillas se sonrojan cuando te susurro al oído que te quiero, y que no te puedes imaginar la sinceridad de mis palabras cuando lo hago.
Se que esto es algo muy duro para los dos, pero quiero que seas fuerte. Tenemos que pensar que la distancia, en nuestro caso, no creará olvido. Siempre que me necesites, vuelve a leer esto. Estoy en cada una de estas palabras, para ti. Y recuérdame, tanto a mi como a todos nuestros momentos, porque fueron reales, V, te lo aseguro. 
Porque se que, esté donde esté, te estoy echando de menos. Te quiero como siempre hice y como siempre haré.
             Hasta la próxima, pequeña.
                                        M.

Las lágrimas saladas le recorrían las mejillas. Nunca dejaba de sorprenderla. Colocó la carta en el interior de la caja de los recuerdos, convirtiéndola en uno más y deseando volver a colocar ahí momentos suyos, juntos.
Le esperaría. Sin duda, lo haría.

martes, 28 de junio de 2011

Aunque ni siquiera lo imagines

Yo fui aquella que caminó más deprisa por permanecer a tu lado, la que corría si era necesario en busca de una de tus sonrisas, y la que soñaba despierta con cada carrera.
A pesar de que no lo sepas, aunque ni tan siquiera lo imagines, cada uno de mis suspiros tenía nombre propio, al igual que cada lágrima. Ese día en el que te dije que no te alejaras de mi lado pretendía que me abrazaras con fuerza y me susurraras al oído que no te moverías un ápice. Y ese otro en que prometí no olvidarte, lo hice mucho más en serio de lo que hasta yo misma creía.
Y, aunque no pienses que esto va dirigido a ti, he de decirte que, desde esa tarde de helado de chocolate y bromas, empecé a darme cuenta de que no eres esa clase de persona que pasa por mi vida sin dejar rastro, ni lo serás nunca. Tú eres esa clase de persona que, como otras tantas, se marcha, pero con una diferencia: me enseñaste. Directa o indirectamente gracias a ti aprendí que, a veces, es mejor decir adiós. Aprendí a tirar el reloj por la ventana y a disfrutar de cada momento como si fuese a repetirse eternamente. Me ayudaste a formar mi yo de hoy y, por ello, desde la distancia, te doy las gracias.
Porque me di cuenta de que las personas especiales también se marchan de tu vida, pero siempre dejan huella.

Por todos aquellos especiales que se han marchado o lo harán. Ni siquiera el tiempo consigue borrar esta clase de recuerdos.

domingo, 12 de junio de 2011

Hay miradas que lo cambian todo

Avanzaba por una calle desierta mientras la ciudad dormía. A cada paso, veía desaparecer el mundo a su espalda. Todo se desvanecía, quedando tan solo ella y sus absurdos sentimientos.
Por un momento se sintió sola, pero lo sabía; sabía que él estaba allí o, al menos, todo lo que ella había podido guardar: su recuerdo. 
Y es que todos tenemos nuestro punto débil, y ella se había dado cuenta hacía ya tiempo de quién era el suyo. Desde ese día que decidió jugar todo a una sola carta; desde ese estúpido día en que optó por saltar al vacío sin medida de seguridad alguna con la certeza de que él la sujetaría en el momento exacto. Desde aquel día en el que el miedo a enamorarse desapareció, todo empezó a estar perdido. Porque él no la cogió, y ella cayó al vacío totalmente sola, al igual que ahora. 
Dicen que quien no arriesga no gana, pero ella sabía que había arriesgado demasiado, y ahora ya era muy tarde para dar marcha atrás. A partir de ese día, tanto ella como su recuerdo caminarían siempre juntos de la mano, y eso era algo con lo que tendría que aprender a convivir.

martes, 3 de mayo de 2011

Y los sueños, sueños son

Se encontraba sentada en medio de la nada, ahogándose en su propio dolor y lamentándose por todo lo que pudo llegar a ser y no fue. De hecho, llevaba bastante tiempo en la misma situación.
De repente, una silueta se acercó, y ella, aunque inmensamente feliz al reconocerlo y ver cómo se acercaba, también sentía una gran desconfianza. Temía que fuera una ilusión más de las suyas.
Pero llegó a su lado, le dio la mano y la ayudó a levantarse de una vez por todas. Ella, no pudo más que llorar. Lágrimas de felicidad.
Luego, la abrazó fuerte, muy fuerte. Como si con ese abrazo le asegurase no moverse de su lado nunca más.
Ella, por su parte, sonrió. Después de tanto tiempo volvió a sacar esa sonrisa que sólo él provocaba, y ahora más que nunca.
- Gracias.
- ¿Por qué?
- Por volver.
Abrió los ojos de golpe. Lo oscuro de la habitación le indicó que no había amanecido aún. Buscó la luz a tientas y se incorporó en la cama. Estaba tan acostumbrada a esa clase de sueños...
Se dio cuenta de que echarle de menos se había convertido en su día a día.






Últimamente sueño demasiado...
Un beso a todos
♥

lunes, 4 de abril de 2011

Recuerdos melódicos

Ni siquiera se dio cuenta de que la canción que escuchaba ya había terminado. Fue un par de segundos más tarde, mientras empezaba a sonar una nueva melodía cuando apreció la familiaridad de aquellas notas. Se reincorporó en el sofá y se le escapó una amplísima sonrisa, una de esas llenas de recuerdos, pero de los buenos.
Hacía tanto tiempo que no escuchaba aquella canción... y es que, ¿quién podría pensar que seguiría teniendo las canciones de Disney en su reproductor de música? Seguramente nadie. Pero, en ese momento, se sintió inmensamente feliz por no haberlas borrado.
Comenzó a tararear la canción que, cómo no, seguía conociendo a la perfección a pesar del paso del tiempo. Recordó entonces las miles de veces que preparaba su habitación y daba un concierto a toda su familia cantando sin parar durante varias horas. También se acordó de las tardes con sus amigas, de las mañanas de recreo en el patio del colegio, y de los días en los que veía una y otra vez las películas cuyas bandas sonoras conocía de memoria y ahora escuchaba a través de sus auriculares.
Le encantaba regresar de vez en cuando a su niñez, escuchar la letra de aquellas canciones y reconocer la dulzura de sus palabras, soñando con cada una de ellas. Desconectar de un mundo de adultos en el que nunca se imaginó estar. 

Recuerdos melódicos que hacían las veces de máquina del tiempo, devolviéndole las sonrisas sinceras que, de vez en cuando, todos necesitamos.

domingo, 20 de febrero de 2011

No soy de esas que olvidan

Aunque muchos ya lo hayan hecho, yo aún no encuentro el valor suficiente para coger una goma y borrar todos esos momentos que creamos juntos, a lápiz.
Ellos lo hicieron con tanta facilidad... poco a poco acabaron borrando todo lo vivido. Las risas, las horas al teléfono y las mil y una películas en el sofá se esfumaron en cuestión de minutos.
¿Que por qué? Buena pregunta.
En cambio yo... yo no soy de esas que olvidan. De esas que pasan la página del pasado creando un presente completamente distinto.
Yo puedo pasar cientos de páginas, puedo crear nuevos presentes y elegir distintos futuros, pero nunca olvido. Todo lo que escribí queda escrito. Y todas esas personas, a pesar de haber borrado nuestra historia, siguen aquí, en mi pequeña libreta de momentos inolvidables. 

No eras nadie... hasta que apareciste por aquí

Es triste darme cuenta de que acabaste con todo lo que teníamos.
Pero es más triste aún que sea yo la que siga recordando todo aquello que ya no tengo.

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jueves, 27 de enero de 2011









La lluvia se llevó mis lágrimas y, con ellas, todos tus recuerdos.

sábado, 8 de enero de 2011

Continúa recordando

Lo encontró hacía ya una semana, pero aún no había reunido el valor suficiente para abrirlo. Fue entonces, en esa tarde lluviosa en la que no había nadie en casa, cuando se sentó sobre la cama y, con sumo cuidado, abrió el viejo cofre. Al instante, el aroma a los recuerdos la invadió por completo. Tuvo que cerrar los ojos y respirar profundamente para no derrumbarse ante ellos. Y, cuando los volvió a abrir, allí estaba todo, tal y como lo había dejado hace años.
Fotos con sus amigas del instituto, con las que apenas hablaba ya; su primera carta de amor, escrita por el que seguía siendo su mejor amigo; el bolígrafo con el que hacía los exámenes importantes; el diario de aquel viaje a Londres, en el que se enamoró por completo de la ciudad en la que ahora vivía; sus primeros escritos en miles de papeles sueltos; la pulsera de la amistad que, a pesar de que se cayera de su muñeca, siempre estuvo muy cerca; fotos de la boda de sus padres, de las vacaciones con la familia y del último año de instituto; y, en el fondo, rodeado por un lazo naranja que formaba parte de aquel disfraz tan divertido, encontró un viejo diario, ese que había encontrado en casa de su abuela cuando era niña y en el que comenzó a escribir su día a día de manera irregular desde entonces.
Le dio miedo, pero comenzó a leer. Días de colegio, tardes de juegos, veranos demasiado cortos, primer día de instituto, corazones hechos pedazos por chicos estúpidos, tardes de biblioteca, matemáticas demasiado complejas, veranos intensos, examen de selectividad, y, por último, un sueño cumplido: entrar a la carrera que quería.
Lo último que escribió: "A veces, los sueños pueden hacerse realidad. Lo conseguí, y no puedo estar más feliz ahora mismo." Recordó el día en el que escribió aquella frase y sonrió. Lo que le había costado luchar por ese sueño... pero, al final, lo logró, y aún estaba orgullosísima de ello.
Lo guardó todo de nuevo y colocó el cofre sobre el armario. A pesar del miedo que le daba volver a aquellos días tan lejanos, en ese momento supo con total certeza que, es necesario recordar. No olvidar nunca aquellos días de risas o, incluso, aquellos de lágrimas. Tener siempre presentes a aquellas personas que, a pesar de no encontrarse ahora contigo, si que estuvieron durante mucho tiempo, y te ayudaron a ser tal y como eres hoy. En definitiva, nunca olvidar el pasado.
Y, para eso, ella sólo tenía que abrir un cofre.


miércoles, 1 de diciembre de 2010

Y ahora estoy aquí, viendo que no pudiste olvidar, pero que yo tampoco. Aunque hay una pequeña diferencia. Tú eres feliz, yo intento serlo pisando cada día más fuerte e imaginando que llegará el momento en el que, al menos por un día, no piense en que todo lo vivido a tu lado, a pesar de las duras consecuencias, lo repetiría, cada día, una vez más. 

miércoles, 24 de noviembre de 2010

...y todo aquello que ella evitaba, esas miles de horribles sensaciones que la recorrían por dentro. Todo eso reapareció en el momento más inesperado.
Bastó solo una mirada, una mirada que ya creía olvidada desde hacía mucho tiempo. Luego, una sonrisa, de esas con las que siempre soñaba, pero a las que siempre lograba enterrar en el pozo de su propio olvido.
El cruel destino colocó todo eso ante sus ojos. Ella sólo quiso salir corriendo, traspasar aquellas estúpidas cuatro paredes y, simplemente, no ser nadie. Gritar hasta quedarse sin voz y llorar todo lo posible, sólo para saber con total certeza que ya no volvería a hacerlo, que ya había olvidado. 
Quiso ser capaz de todo aquello, de no desvanecerse en esa absurda sonrisa y poder ser fuerte frente a una mirada que debía resultarle casi común. Pero no pudo, aquello la superaba completamente. Él la superaba completamente cada vez que aparecía.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Las cosas cambian, pero permanecen los recuerdos que, tal vez, sean los que hagan más daño.



jueves, 18 de noviembre de 2010

Hola y adiós

Una calle atestada de gente y, de repente, choqué con alguien. Me agaché para recoger la carpeta que se había caído y devolvérsela a su dueño. Levanté la cabeza con mi mejor cara de disculpa. Ella me sonrió y se fue. Me quedé prácticamente paralizada en medio de aquella concurrida calle. No podía creerlo, eras tú.
¿Tanto tiempo había pasado para que no me reconocieras? A mí me parece que fue ayer cuando éramos aquel par de inseparables. Ahora, en cambio, no sé nada de ti. ¿Dónde está la mejor amiga con la que pasaba tardes de eternas risas?
Fueron algunos errores por nuestra parte, por eso comenzamos a distanciarnos. Pero es que dicen que todos cometemos errores, y que de ellos se aprende. Yo lo único que sé es que nosotras no resistimos todo aquello.
Constantemente me pregunto si debí hacer algo más por no dejar de ser aquel par de chicas que soñaban junto a su mejor amiga. Hice todo lo que pude, de veras, pero todo aquello me superó, y no tuve otra opción que rendirme ante la idea de perdernos para siempre.
Me encantaría que todo aquello no hubiera pasado. Que a nuestros miles de planes se le fueran sumando otros tantos con los años. Pero no pude, ni puedo, luchar contra todo, llámame cobarde si quieres.
Creo que ni a ti ni a mí se nos pasó por la cabeza un final como éste. Un final de completas extrañas. Y es que, ¿sabes? Nunca pensé que pudiera llegar a no conocerte.