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jueves, 8 de septiembre de 2011

I'll always remember you.

La bocina del coche en la calle llegó a mis oídos justo cuando me disponía a escribir el punto y final en aquella frase. Una frase que lo significaba todo y que ocupó un pequeño papel que coloqué sobre mi mesilla de noche. Sabía que ellas, tarde o temprano, regresarían a mi habitación y lo encontrarían.
Cogí el último bolso que quedaba, caminé hacia la puerta y, antes de cerrarla, me despedí de aquel rinconcito que había vivido tantas cosas conmigo. Bajé las escaleras y salí de casa. Todo recto, rumbo al futuro.
Poco después, ya en el coche, a medida que ese paisaje familiar se difuminaba a través de la ventanilla a causa de la velocidad, me dediqué a buscar un poco dentro de mi misma y a sacar a la luz todos aquellos momentos que guardaba junto a ellas.
Por mi mente circularon recuerdos que abarcaban desde ese primer día de instituto en el que éramos unas desconocidas hasta ese último en el que nos despedimos de aquel rincón tan nuestro.
Habíamos vivido tantas cosas juntas... y el tiempo había pasado demasiado rápido. Ahora, volviendo la vista atrás me doy cuenta de lo grande que llegó a ser esto.
Día si y día también, cada uno de ellos con sus risas, sus tonterías, alguna lágrima de vez en cuando pero, al fin y al cabo, días especiales simplemente por pasarlos juntas. A lo largo de todos y cada uno de ellos creamos esta historia formada por todas nosotras, por nuestros recuerdos y la gran amistad que se creó en tan poco tiempo. Una historia que, sabemos, no se borrará.
Pero las cosas cambian, los días pasan y ahora sólo se que, por el momento, toca decir adiós. Adiós a las ocho y media con caras de dormidas, a las once y cuarto con risas y estrés y a las dos y media con alivio. Adiós a las carreras por culpa de fotocopiadoras averiadas, a los desayunos con compotas y a los "¡Yo en la esquina!". Todo eso ya queda atrás. Y yo no dejo de preguntarme qué hubiera pasado si nunca las hubiera conocido a ellas, a mis chicas. Posiblemente todo sería muy diferente, tanto que no querría por nada del mundo tener unos recuerdos en los que ellas no aparezcan.
A medida que la velocidad del coche me aseguraba que ya estaba llegando a mi destino me di cuenta de algo. Acabamos una etapa, pasamos a una nueva página en este libro que hemos creado a lo largo de estos años y, aunque no leamos este capítulo tan juntas como hasta el momento, se que todas lo leeremos y, sobre todo, que nos quedan muchos capítulos de este libro para encontrarnos de nuevo.




Para todas ellas.
Gracias por todos y cada uno de estos días.

jueves, 25 de agosto de 2011

Recuérdame

La llamaba su cajita de recuerdos. Siempre escondida bajo su cama, esta pequeña caja de madera contenía muchos más recuerdos de los que hasta, a veces, ella misma lograba recordar.
Era martes. Uno de esos martes fríos en los que las gotas de lluvia no dejaban de hacer su particular melodía al deslizarse por el cristal de la ventana de su habitación. Las espesas nubes grises cubrían el cielo de la ciudad, y ella las observaba detenidamente.
Sin saber siquiera por qué, tras mucho tiempo sin hacerlo, le apeteció deslizarse por el suelo de su habitación, estirar el brazo y alcanzar esa pequeña cajita de madera que se encontraba, entre motas de polvo, bajo su cama.
A veces, a muchos nos da miedo recordar. A ella muy a menudo también, pero ese martes... ese martes era un día diferente.
Apartó la fina capa de polvo que cubría la tapa de su pequeño gran tesoro y contempló el interior. Todo estaba tal y como ella misma lo había dejado. A pesar del tiempo que había pasado, aún recordaba aquello que colocó ahí la última vez. Ese sobre de azúcar que había acompañado a aquel café con chocolate en esa terraza tan bonita del centro junto a... El simple hecho de evocar su imagen hizo que un escalofrío la recorriera por completo. Habían pasado demasiados años desde que Él había tenido que marchar rumbo a otro país desconocido, pero aún el recuerdo de lo vivido durante aquel tiempo permanecía en ella de una manera imborrable. Los momentos se acumularon alrededor de toda la habitación y, a pesar de la inmensa nostalgia que producía cada uno de ellos, le gustaba. Le gustaba comprobar gracias a esa clase de detalles que todo aquello que vivió a su lado fue real. 
Dejó el sobre de azúcar y el resto de recuerdos dentro de la cajita, la cerró y deseó que, la próxima vez que la abriera, fuera para depositar nuevos objetos que la harían viajar a diferentes momentos. Se deslizó tal y como había hecho minutos atrás por el suelo y colocó la caja justo en el lugar que estaba, bajo la cama. Pero, esta vez, se percató de algo. Había un sobre justo detrás de su pequeño tesoro, un sobre color crema que también estaba cubierto por una película de polvo. Lo cogió, sopló delicadamente su superficie y se sentó en la cama. Lo abrió y, al instante, reconoció esa caligrafía. 

Querida V: 
Si estás leyendo esto supongo que ya estaré muy lejos. Estas palabras no significan una despedida, ya que espero reencontrarme contigo algún día, pero, como ya sabes, todo lo que no digo a través de mis labios se me da mejor decirlo bolígrafo en mano. Y ahora que se que ya no estoy a tu lado cada día como hasta hace poco quiero que sepas todas y cada una de esas pequeñas cosas que nunca te dije.
Cada segundo a tu lado es perfecto, tanto para mi como para todos los que te rodean habitualmente. Con esas locuras tan tuyas haces que cada instante contigo se convierta en un recuerdo digno de guardar en esa cajita que siempre tienes a mano. Eres especial, V, y quiero que aprendas a comprenderlo. 
Que me encanta pasarme horas observándote dormir; que tienes exactamente ciento veinte pecas en las mejillas, cada cual más bonita que la anterior; que adoro cómo te recoges el pelo dejando algunos pequeños rizos sueltos sobre la cara; que me encanta cómo tus mejillas se sonrojan cuando te susurro al oído que te quiero, y que no te puedes imaginar la sinceridad de mis palabras cuando lo hago.
Se que esto es algo muy duro para los dos, pero quiero que seas fuerte. Tenemos que pensar que la distancia, en nuestro caso, no creará olvido. Siempre que me necesites, vuelve a leer esto. Estoy en cada una de estas palabras, para ti. Y recuérdame, tanto a mi como a todos nuestros momentos, porque fueron reales, V, te lo aseguro. 
Porque se que, esté donde esté, te estoy echando de menos. Te quiero como siempre hice y como siempre haré.
             Hasta la próxima, pequeña.
                                        M.

Las lágrimas saladas le recorrían las mejillas. Nunca dejaba de sorprenderla. Colocó la carta en el interior de la caja de los recuerdos, convirtiéndola en uno más y deseando volver a colocar ahí momentos suyos, juntos.
Le esperaría. Sin duda, lo haría.

viernes, 20 de mayo de 2011

Es hora de despedidas

Y llega el momento en el que te das cuenta de que se acabó, que toda salida tiene una meta y que, al parecer, esta carrera fue más rápido de lo esperado. Y te remontas a años atrás, hacia el primer día en que pisaste este lugar, dándote cuenta de que, sin duda, las cosas han cambiado, y mucho. Los miles de momentos vividos entre esas cuatro paredes se convierten en un álbum abierto, repleto de instantes, de risas, lágrimas, nervios, abrazos, estrés, locuras, sueños y, sobre todo, amistad. Los recuerdos se acumulan en nosotros y aparece esa nostalgia a dejarlos marchar, a cerrar una puerta para abrir otra. Pero sabemos que, ahora, toca decir adiós.
Sin darnos cuenta, ya estamos pisando sobre aquello a lo que, hasta no hace mucho, llamábamos futuro. Eso que no dejábamos de planear, acerca de lo que teníamos mil sueños y mil y una esperanzas. Ese futuro que, de un día para otro, se convirtió en presente. 
Y, cuando sales por esa puerta por última vez sólo piensas que ya nada va a volver a ser como antes, pero, ¿sabes qué? los recuerdos no se borran, y está más que claro que, en este lugar, tenemos millones de ellos.


Para todos ellos, bienvenidos a nuestro particular futuro.
Gracias por formar parte de esto

domingo, 15 de mayo de 2011

Y, después del adiós, ¿qué se supone que hay que hacer?

Y volví. No me preguntes por qué pero volví al lugar donde nos conocimos. Ese lugar que no pisaba desde el día que te marchaste, y el mismo en el que viví momentos increíbles, todos contigo.
Me senté donde siempre, con la esperanza de que allí quedara un poquito más de ti. Se trataba de recopilar pedacitos de ti para llenarme un poco más a mi.
En ese momento vi a alguien pasar. Eras tú, no me lo podía creer. ¿Qué hacías allí? Y, peor aún, ¿qué hacía yo allí? No quería que me vieras, por lo que traté de disimular. Aún así, me viste, como siempre.
Sabía que no te acercarías, había pasado demasiado tiempo, pero está claro que, desde aquel día, nada volvió a ser lo mismo. El fuego se convirtió en hielo, y nuestros caminos, que habían terminado formando uno solo, se separaron más que nunca, convirtiéndose en dos rectas totalmente paralelas, aunque, todavía, tu creabas unos cuantos baches en el mío.
Te sentaste en el césped, tú solo con tus pensamientos, de los cuales yo ya no era partícipe. Yo me dediqué a mirarte, a asegurarme de que tus rasgos no habían cambiado, de que esos ojos seguían siendo igual de profundos y de que esas mejillas continuaban sonrosadas. De vez en cuando, levantabas la vista y mirabas hacia donde estaba, mientras yo, torpemente, intentaba hacer como si leyera un poco.
Las horas pasaron volando. No me cansaba de estar así, de ver que estabas bien aunque no me lo contaras, de comprobar que, aparentemente, seguías siendo el mismo, a pesar de que no pudiera darme cuenta por mí misma. Te levantaste del césped y me miraste. Esta vez, yo no te evité. Me sonreíste y te fuiste por donde habías venido, mientras yo veía cómo te alejabas de nuevo.
“Te voy a echar de menos”- pensé. Y, de hecho, pareciste oír mis pensamientos porque, entonces, diste media vuelta y me miraste. No me preguntes por qué, pero en ese momento supe que ese era nuestro particular adiós, que se había acabado. Tú debiste pensar lo mismo, porque te despediste con la mano y me enseñaste esa sonrisa, la de siempre, en la que te salían ese par de hoyitos tan especiales. Una como las miles en las que yo me había sumergido y de las que nunca quise salir. Pero, esta vez, simplemente cogí esa sonrisa y la guardé en lo más profundo de mis recuerdos.


domingo, 13 de marzo de 2011

Mejor un adiós a tiempo...

... que continuar escribiendo la primera frase de mi carta de despedida.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Le di la espalda, no podía verlo así. Tragué saliva y, con un nudo en el estómago, di el primer paso hacia mi futuro. Fue entonces cuando él, desde ese perfecto pasado me cogió de la mano.
- Tengo que irme, lo sabes.
- Por favor, quédate conmigo.
No pude soportarlo, tuve que mirarlo. Volver a mi pasado una vez más después de todo lo que me había costado decirle adiós. Me besó.
- ¿Es un beso de despedida?
- No si tu no quieres.
- Sabes que no puedo quedarme.
- Está bien. Al menos, deja que te dé algo - sacó un cofre de madera de una bolsa - es para que guardes todos tus recuerdos y que, cuando vuelvas, pueda compartirlos contigo.
Esta vez no pude tragarme las lágrimas. Le abracé lo más fuerte que pude. Hasta en los peores momentos, él nunca dejaba de sorprenderme.
- ¿Esto quiere decir que me esperarás?
- Todo el tiempo que sea.

martes, 16 de noviembre de 2010

No te despidas
Prefiero que te quedes y que me duela a que te vayas y no pueda soportarlo