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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Y creo que hoy te echo de menos.

Supongo que la cercanía de un 2 seguido de un 3 en las páginas del calendario hacen que se me ponga la piel de gallina, y mucho más cuando es uno de los primeros días del Otoño. 
Y es que, a veces, pasa. Hay días en los que, sin saber por qué, sin tener un motivo aparente, necesito tenerte cerca. No es necesario dar marcha atrás en el tiempo. Simplemente, necesito que estés por aquí, tal y como estabas en aquellos meses. Contarte mil y una cosas, hablarte de todo lo que ha pasado, de todo lo que te has perdido. Decirte que soy feliz, que cumplí aquel sueño por el que tú me dijiste que luchara y que las ganas de gritarlo a los cuatro vientos sólo para que me escuches no desaparecen un instante. 
Que se acabó todo, que no te quiero, pero eres importante. Tanto como fuiste y tanto como serás siempre, a pesar de que la distancia haya hecho mella en nosotros dos. 
Que espero que no exista un solo instante en el que no aparezca una sonrisa en tu cara, y que aún mantengo la esperanza de que la pantalla de mi móvil comience a parpadear, mostrándome esa serie de números que aún recuerdo perfectamente. 
Porque hay días, días como hoy en los que el número 23 no deja de darme vueltas. En los que desearía que ese día nunca hubiera existido, y en los que no dejo de pensar que ojalá me echaras tanto de menos como yo a ti. 


Encuéntrame de nuevo, estoy donde siempre.
Nunca me he movido.

jueves, 25 de agosto de 2011

Recuérdame

La llamaba su cajita de recuerdos. Siempre escondida bajo su cama, esta pequeña caja de madera contenía muchos más recuerdos de los que hasta, a veces, ella misma lograba recordar.
Era martes. Uno de esos martes fríos en los que las gotas de lluvia no dejaban de hacer su particular melodía al deslizarse por el cristal de la ventana de su habitación. Las espesas nubes grises cubrían el cielo de la ciudad, y ella las observaba detenidamente.
Sin saber siquiera por qué, tras mucho tiempo sin hacerlo, le apeteció deslizarse por el suelo de su habitación, estirar el brazo y alcanzar esa pequeña cajita de madera que se encontraba, entre motas de polvo, bajo su cama.
A veces, a muchos nos da miedo recordar. A ella muy a menudo también, pero ese martes... ese martes era un día diferente.
Apartó la fina capa de polvo que cubría la tapa de su pequeño gran tesoro y contempló el interior. Todo estaba tal y como ella misma lo había dejado. A pesar del tiempo que había pasado, aún recordaba aquello que colocó ahí la última vez. Ese sobre de azúcar que había acompañado a aquel café con chocolate en esa terraza tan bonita del centro junto a... El simple hecho de evocar su imagen hizo que un escalofrío la recorriera por completo. Habían pasado demasiados años desde que Él había tenido que marchar rumbo a otro país desconocido, pero aún el recuerdo de lo vivido durante aquel tiempo permanecía en ella de una manera imborrable. Los momentos se acumularon alrededor de toda la habitación y, a pesar de la inmensa nostalgia que producía cada uno de ellos, le gustaba. Le gustaba comprobar gracias a esa clase de detalles que todo aquello que vivió a su lado fue real. 
Dejó el sobre de azúcar y el resto de recuerdos dentro de la cajita, la cerró y deseó que, la próxima vez que la abriera, fuera para depositar nuevos objetos que la harían viajar a diferentes momentos. Se deslizó tal y como había hecho minutos atrás por el suelo y colocó la caja justo en el lugar que estaba, bajo la cama. Pero, esta vez, se percató de algo. Había un sobre justo detrás de su pequeño tesoro, un sobre color crema que también estaba cubierto por una película de polvo. Lo cogió, sopló delicadamente su superficie y se sentó en la cama. Lo abrió y, al instante, reconoció esa caligrafía. 

Querida V: 
Si estás leyendo esto supongo que ya estaré muy lejos. Estas palabras no significan una despedida, ya que espero reencontrarme contigo algún día, pero, como ya sabes, todo lo que no digo a través de mis labios se me da mejor decirlo bolígrafo en mano. Y ahora que se que ya no estoy a tu lado cada día como hasta hace poco quiero que sepas todas y cada una de esas pequeñas cosas que nunca te dije.
Cada segundo a tu lado es perfecto, tanto para mi como para todos los que te rodean habitualmente. Con esas locuras tan tuyas haces que cada instante contigo se convierta en un recuerdo digno de guardar en esa cajita que siempre tienes a mano. Eres especial, V, y quiero que aprendas a comprenderlo. 
Que me encanta pasarme horas observándote dormir; que tienes exactamente ciento veinte pecas en las mejillas, cada cual más bonita que la anterior; que adoro cómo te recoges el pelo dejando algunos pequeños rizos sueltos sobre la cara; que me encanta cómo tus mejillas se sonrojan cuando te susurro al oído que te quiero, y que no te puedes imaginar la sinceridad de mis palabras cuando lo hago.
Se que esto es algo muy duro para los dos, pero quiero que seas fuerte. Tenemos que pensar que la distancia, en nuestro caso, no creará olvido. Siempre que me necesites, vuelve a leer esto. Estoy en cada una de estas palabras, para ti. Y recuérdame, tanto a mi como a todos nuestros momentos, porque fueron reales, V, te lo aseguro. 
Porque se que, esté donde esté, te estoy echando de menos. Te quiero como siempre hice y como siempre haré.
             Hasta la próxima, pequeña.
                                        M.

Las lágrimas saladas le recorrían las mejillas. Nunca dejaba de sorprenderla. Colocó la carta en el interior de la caja de los recuerdos, convirtiéndola en uno más y deseando volver a colocar ahí momentos suyos, juntos.
Le esperaría. Sin duda, lo haría.

jueves, 14 de abril de 2011

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Y, sin darnos cuenta, llegó el día en el que el tiempo comenzó a hacer de las suyas. Empezó a correr y a correr sin previo aviso y nosotros, totalmente al margen, no nos dimos cuenta. 
De repente, cae la venda y vemos la verdad: todo ha cambiado; todos han cambiado. El cielo ya no es tan azul, lo que era realidad se ve ahora distorsionado, las sonrisas no son tan sinceras y los abrazos, ahora, se piden. 
Y nos quedamos perplejos mirando hacia algo en parte nuevo, pero que, por otro lado, sabíamos que llegaría. Nos quedamos así, como hipnotizados sin poder creer lo que está ocurriendo y sin dejar de preguntarnos en qué momento cambió todo.
¿En qué momento? Pues en todos. En cada uno de esos momentos, por muy pequeño que fuera, íbamos perdiendo algo, hasta que llegó el día en que lo perdimos todo.
Todo, incluso las cosas más pequeñas, acabaron moviéndose de su lugar mientras nosotros hacíamos por evitarlo a nuestra manera. Nos despedimos de cientos de cosas, de miradas, de sonrisas, de personas; pero son cosas que sabemos que permanecerán en nuestros recuerdos para siempre. Sin embargo, aparecen otras sonrisas nuevas, personas que dan giros de 180º a nuestro mundo y experiencias que tampoco olvidaremos. Por eso, creo que el tiempo no siempre va en nuestra contra. 
Despídete con una sonrisa de aquello que se fue, y no lo olvides nunca. Pero sonríe aún más por todo lo que llega.

lunes, 4 de abril de 2011

Recuerdos melódicos

Ni siquiera se dio cuenta de que la canción que escuchaba ya había terminado. Fue un par de segundos más tarde, mientras empezaba a sonar una nueva melodía cuando apreció la familiaridad de aquellas notas. Se reincorporó en el sofá y se le escapó una amplísima sonrisa, una de esas llenas de recuerdos, pero de los buenos.
Hacía tanto tiempo que no escuchaba aquella canción... y es que, ¿quién podría pensar que seguiría teniendo las canciones de Disney en su reproductor de música? Seguramente nadie. Pero, en ese momento, se sintió inmensamente feliz por no haberlas borrado.
Comenzó a tararear la canción que, cómo no, seguía conociendo a la perfección a pesar del paso del tiempo. Recordó entonces las miles de veces que preparaba su habitación y daba un concierto a toda su familia cantando sin parar durante varias horas. También se acordó de las tardes con sus amigas, de las mañanas de recreo en el patio del colegio, y de los días en los que veía una y otra vez las películas cuyas bandas sonoras conocía de memoria y ahora escuchaba a través de sus auriculares.
Le encantaba regresar de vez en cuando a su niñez, escuchar la letra de aquellas canciones y reconocer la dulzura de sus palabras, soñando con cada una de ellas. Desconectar de un mundo de adultos en el que nunca se imaginó estar. 

Recuerdos melódicos que hacían las veces de máquina del tiempo, devolviéndole las sonrisas sinceras que, de vez en cuando, todos necesitamos.

lunes, 28 de marzo de 2011


Una tarde más andaba por una de esas calles de la gran ciudad que la había cautivado hacía ya bastantes años. Sin duda, Londres había cambiado mucho desde entonces.
Las horas habían pasado volando y se sorprendió al ver cómo un tono anaranjado comenzaba a cubrir los tejados de los edificios mientras el sol trataba de ocultarse mucho más allá de lo que su vista pudo alcanzar. Aún así, a pesar de la hora, no dudó en pasear por el parque que se encontraba a tan solo dos manzanas, ese que siempre le gustó y al que acudía cada día rigurosamente. 
Las hojas secas del suelo se acomodaron a su paso lento mientras ella, atentamente, comenzaba a leer todas aquellas palabras escritas en bancos y árboles. Letras que desprendían amor con sólo mirarlas y que, además, contaban historias con las que a ella siempre le gustaba soñar. Fantasmas de cientos y cientos de parejas que acudían a su encuentro. Miles de promesas, muchas cumplidas y otras tantas sin cumplir, quien sabe, pero le encantaba mirarlas y darse cuenta de que, después de todo, existían cosas por las que sonreír. 
Una lluvia suave comenzó a deslizarse por su piel arrugada por el paso de los años. Ella, poco a poco, sacó su paraguas y lo abrió para resguardarse del agua. Decidió volver sobre sus pasos y regresar a casa; ya había sido suficiente por hoy.
Entonces, cuando apenas había dado unos pasos se fijó en el tronco de un viejo árbol que le resultaba familiar, pero en el que nunca se había fijado detenidamente. Se acercó con cuidado y, a duras penas, logró leer lo que, torpe pero románticamente, habían escrito. De repente, los recuerdos la invadieron por completo. ¿Cómo olvidar el día en el que él, mientras paseaba con ella de la mano, se topó con aquel árbol? No pudo más que sonreír de nuevo, con añoranza, pero ahora con la certeza de que existen ciertas cosas que ni siquiera el tiempo consigue borrar.

jueves, 2 de diciembre de 2010

El tiempo pone a cada uno en su lugar.
Yo me quedo aquí... tú, por favor, márchate lo antes posible.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Las cosas cambian, pero permanecen los recuerdos que, tal vez, sean los que hagan más daño.



sábado, 20 de noviembre de 2010

Tiempo

- Tú puedes luchar contra todo, no lo olvides.

Años más tarde estoy aquí sentada y tengo que decirte que, desgraciadamente, hay algo contra lo que no puedo luchar, ni yo ni nadie.
Puedo parar las agujas de un reloj. Puedo hacer que vayan en sentido contrario, pero eso no cambiará nada. Tuve que decirte adiós a ti y, al final, acabaré diciéndoselo a muchas personas más. Tendré que ver cómo cambian las cosas, y nadie podrá hacer nada al respecto. Porque, aunque le quite las pilas a ese reloj, los días seguirán pasando y las cosas continuarán su curso.
No hay otra opción que quedarme quieta observando. Eso sí, no dudo que aprovecharé cada uno de los movimientos de ese par de manecillas, pues a cada uno de ellos algo cambia, y siempre quedará algo nuevo que querré descubrir.