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sábado, 10 de diciembre de 2011

Miradas que aparecen, sentimientos que afloran

Evitaba que sus dedos se deslizaran sobre el teclado de su ordenador y que sus manos torpes se toparan con una hoja en blanco y un bolígrafo. Rehuía cualquier posibilidad de derramar sus sentimientos sobre hojas de papel, porque sabía lo que ello conllevaba. Y es que, sólo con tener la intención de hacerlo, su dedo corazón ya se disponía a rozar aquella letra por la que empezaba su nombre, mientras el índice ya trataba de continuarlo. Porque sus manos jugaban con sentimientos que el propio corazón se ocupaba de evitar.
Y ni siquiera tenía claro el por qué de toda esta historia. Por qué alguien así se había convertido en el responsable de todas y cada una de sus sensaciones. No sabía que, hasta las estrellas más fugaces, dejan su rastro y, aunque él pasó por su vida de una manera fugaz, la huella que dejó tras su partida permanecería.
Y no bastaban las mentiras, con él no. No era suficiente confiar en que la huella que dejó en su vida se había desvanecido. Porque una mirada vale más que mil palabras y, en su caso, una mirada bastó para que el castillo de naipes se cayera y las verdades salieran a la luz. Sólo con cruzar su mirada con ese par de ojos verdosos supo que, realmente, había aprendido a engañarse a sí misma bastante bien. Los sentimientos parecieron salir a través de sus poros, y las lágrimas que tanto tiempo llevaban sin aparecer, se formaron de nuevo, deslizándose por sus mejillas como si el tiempo no hubiese pasado por su corazón.


Era él. Aún sin haberlo elegido, era él.

martes, 22 de noviembre de 2011

Fueron dos palabras. Dos palabras y ocho letras.

¿Sabes? fueron unos meses estupendos. Hubo días horribles, en los que todo acababa por superarme pero en los que, sin darme cuenta, tú empezaste a estar, sustituyendo mis caras largas por sonrisas casi siempre. Llegaste así, de repente, sin avisar, como una de esas historias que nunca creí en las que, en los peores momentos, aparece algo que hace que cambien. Por aquí apareciste tú, que diste un giro de 180º a mi mundo, modelándolo a tu antojo sin apenas darte cuenta de lo que sucedía.
Tú con esa habilidad innata para que te quisieran, y yo con mi manía de quererte cada día un poco más. Nunca he vuelto a sentir esa confianza en alguien. Desde que te fuiste, el miedo a dar demasiado por una persona no me ha abandonado, y no te culpo. Después de tanto, todo esto era de esperar. 
Pero ya hace mucho tiempo de aquello, esos días en los que tu sonrisa no se borraba un segundo de mis pensamientos han quedado ya muy atrás. Ahora, supongo que han aparecido nuevas personas importantes, pero, sin duda, tú has sido el único capaz de hacer que mi mundo se detuviera, apenas unos segundos, simplemente para escucharte reír. 
 - ¿Y por qué me cuentas todo esto ahora?
 - No lo sé. Supongo que, de vez en cuando, el recuerdo de esos maravillosos días aparece por aquí y, aunque sé que no se repetirán, ni mucho menos, a veces pienso que necesito acabar de contar nuestra historia para poder empezar una nueva. Tú eras el único que no la conocía del todo, y eso que eres el protagonista. 


domingo, 15 de mayo de 2011

Y, después del adiós, ¿qué se supone que hay que hacer?

Y volví. No me preguntes por qué pero volví al lugar donde nos conocimos. Ese lugar que no pisaba desde el día que te marchaste, y el mismo en el que viví momentos increíbles, todos contigo.
Me senté donde siempre, con la esperanza de que allí quedara un poquito más de ti. Se trataba de recopilar pedacitos de ti para llenarme un poco más a mi.
En ese momento vi a alguien pasar. Eras tú, no me lo podía creer. ¿Qué hacías allí? Y, peor aún, ¿qué hacía yo allí? No quería que me vieras, por lo que traté de disimular. Aún así, me viste, como siempre.
Sabía que no te acercarías, había pasado demasiado tiempo, pero está claro que, desde aquel día, nada volvió a ser lo mismo. El fuego se convirtió en hielo, y nuestros caminos, que habían terminado formando uno solo, se separaron más que nunca, convirtiéndose en dos rectas totalmente paralelas, aunque, todavía, tu creabas unos cuantos baches en el mío.
Te sentaste en el césped, tú solo con tus pensamientos, de los cuales yo ya no era partícipe. Yo me dediqué a mirarte, a asegurarme de que tus rasgos no habían cambiado, de que esos ojos seguían siendo igual de profundos y de que esas mejillas continuaban sonrosadas. De vez en cuando, levantabas la vista y mirabas hacia donde estaba, mientras yo, torpemente, intentaba hacer como si leyera un poco.
Las horas pasaron volando. No me cansaba de estar así, de ver que estabas bien aunque no me lo contaras, de comprobar que, aparentemente, seguías siendo el mismo, a pesar de que no pudiera darme cuenta por mí misma. Te levantaste del césped y me miraste. Esta vez, yo no te evité. Me sonreíste y te fuiste por donde habías venido, mientras yo veía cómo te alejabas de nuevo.
“Te voy a echar de menos”- pensé. Y, de hecho, pareciste oír mis pensamientos porque, entonces, diste media vuelta y me miraste. No me preguntes por qué, pero en ese momento supe que ese era nuestro particular adiós, que se había acabado. Tú debiste pensar lo mismo, porque te despediste con la mano y me enseñaste esa sonrisa, la de siempre, en la que te salían ese par de hoyitos tan especiales. Una como las miles en las que yo me había sumergido y de las que nunca quise salir. Pero, esta vez, simplemente cogí esa sonrisa y la guardé en lo más profundo de mis recuerdos.


lunes, 7 de febrero de 2011

And when you smile the whole world stops and stares for a while

El tren avanzaba sin cesar. Ella, sentada junto a la ventana, no dejaba de mirar al exterior. El paisaje se difuminaba a causa de la velocidad, pero no le importaba no poder observarlo detenidamente. A cada metro que avanzaba ese tren, más cerca estaba de sus abrazos.
Habían pasado ya dos años, dos años que le habían parecido dos siglos. Pero al fin estaba de vuelta, volvía a casa, volvía a verle.
Miró su reloj, faltaban cinco minutos para llegar. Le parecía increíble que esa eterna espera de 730 larguísimos días empezara a resumirse en cinco minutos para saltar a sus brazos.
Por fin logró ver la estación a lo lejos. El corazón le dio un vuelco y la sonrisa que se le dibujó en la cara no era siquiera imaginable. Sólo dos minutos.
El tren ya se adentraba en la estación, no había parado aún cuando le vio. De pie en el andén con una sonrisa tan indescriptible como la suya.
Se levantó de su asiento apresuradamente y salió disparada hacia la salida. Aún tuvo que esperar unos segundos a que el tren se detuviera del todo y poder bajar. 
Y por fin se detuvo. Abrieron la puerta y ella salió corriendo, soltó las maletas en mitad del andén y le abrazó sin más. Él correspondió a su abrazo y le susurró al oído un te quiero, de esos que ella ya creía olvidados por completo.






Y ahora quería agradecer a Antía Cheshire. (http://candiesandothersdrugs.blogspot.com/) por el premio que me ha dado.
No seguiré las reglas del premio porque me lo han dado hace poquito, pero, aun así, muchísimas gracias Antía, por acordarte de mí, no me lo esperaba :)
un abrazo grande
♥